La cajita de música
Cuado era una niña me fascinaban las cajitas de música. Particularmente me gustaba una de color rojo, preciosa, que era propiedad de mi prima. Ella era bastante mayor que yo y por supuesto no me la dejaba. Aún así no perdía la oportunidad. En cuanto me sabía lejos de todas las miradas, me escabullía furtivamente hasta su cuarto. Allí me subía a un taburete y cogía la ansiada cajita. El corazón me latía a toda velocidad. Sabía perfectamente que estaba cometiendo algo que no debía y esa mezcla entre excitación y miedo hacía que fuera mucho más interesante.

Cuando ya tenía toda la cuerda dada era el momento de abrir la cajita. Todavía noto toda la sangre arremolinándose en mis mejillas. Es curioso pero cuando eres pequeño no mides la reacción de tus acciones, el hecho de ejecutarlas supera el después con creces. Nunca parecí entender que el objeto de mi deseo, oír la música, ver a la bailarina moverse como un poseída encima del espejito redondo, que aparecía al abrir la tapa, ese mismo acto era el que ponía fin a mi fechoría. Alertados por la música todo el mundo empezaba a buscarme y me encontraban allí, como drogada con la cajita. Por supuesto me la quitaban no se fuera a romper. Y yo siempre les miraba con la misma cara de odio y pensando que las próxima vez tendría más cuidado. Creo haber contemplado la posibilidad de secuestrar a la bailarina. No debí ser una niña fácil.
Ahora ha pasado el tiempo y tengo que reconocer que he dejado de abrir muchas cajas por muy bonitas que fueran por fuera. Otras parecían más discretas pero por algún motivo han llamado más mi atención. Que me encontré con cajas vacías de música. Que la mayoría de las veces nadie me las ha arrebatado, sino que las he cerrado voluntariamente o cuando ya la música había dejado de sonar. Que en muchas ocasiones me he convertido en la bailarina que danzaba poseída al compás de algún encantador de serpientes. Que otras cajas las tuve que cerrar antes de tiempo. Y que, en general, conforme pasa el tiempo, abro menos cajas y tengo menos esperanzas de que la música suene cuando lo hago.
Y sobre todo una vez que he abierto y cerrado una caja no la suelo volver a abrir.

Cuando ya tenía toda la cuerda dada era el momento de abrir la cajita. Todavía noto toda la sangre arremolinándose en mis mejillas. Es curioso pero cuando eres pequeño no mides la reacción de tus acciones, el hecho de ejecutarlas supera el después con creces. Nunca parecí entender que el objeto de mi deseo, oír la música, ver a la bailarina moverse como un poseída encima del espejito redondo, que aparecía al abrir la tapa, ese mismo acto era el que ponía fin a mi fechoría. Alertados por la música todo el mundo empezaba a buscarme y me encontraban allí, como drogada con la cajita. Por supuesto me la quitaban no se fuera a romper. Y yo siempre les miraba con la misma cara de odio y pensando que las próxima vez tendría más cuidado. Creo haber contemplado la posibilidad de secuestrar a la bailarina. No debí ser una niña fácil.
Ahora ha pasado el tiempo y tengo que reconocer que he dejado de abrir muchas cajas por muy bonitas que fueran por fuera. Otras parecían más discretas pero por algún motivo han llamado más mi atención. Que me encontré con cajas vacías de música. Que la mayoría de las veces nadie me las ha arrebatado, sino que las he cerrado voluntariamente o cuando ya la música había dejado de sonar. Que en muchas ocasiones me he convertido en la bailarina que danzaba poseída al compás de algún encantador de serpientes. Que otras cajas las tuve que cerrar antes de tiempo. Y que, en general, conforme pasa el tiempo, abro menos cajas y tengo menos esperanzas de que la música suene cuando lo hago.
Y sobre todo una vez que he abierto y cerrado una caja no la suelo volver a abrir.
5 ¿me hablas?:
Habrá menos, pero aún abrirás algunas.
Athena, no se me había ocurrido entrar en este blog, tienes cosas preciosas, preciosas.
Un abrazo a tu escritura y tus sentimientos.
A buscar la música en otro sitio entonces.
Sobre las cajas, que difícil me es opinar: nunca me han gustado. Vacías o llenas, siempre encierran algo.
Un beso.
Si hace casi ya cinco años yo hubiese podido comentarte te habría dicho lo que en realidad me suscitó la primera lectura (hace ya cuatro años) de tan preciosa entrada:
Es triste que los años nos vayan apagando poco a poco el deseo de volver a abrir las cajas que una vez abrimos.
Después de tres años de haberlo leído sé que estaba en lo cierto: hay cajas y cajas.
Ésta la he abierto muchas veces y seguiré abriéndola.
Besos.
Nunca hay que perder la inocencia. Quizá la caja que buscas está por aparecer.
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