Contraluz
Dicen que cuando te hacen una fotografía se llevan una parte de tu alma. De ser cierto, tú te llevaste la mía, toda entera, envuelta en papel cuché.
Ese verano hacía un calor agobiante. Nos habíamos trasladado a aquel pueblo del pirineo deshabitado buscando un respiro. Los días eran igualmente sofocantes pero, al menos, las noches hacían descender la temperatura. Nos acostumbramos a dormir de día para pasar despiertos las noches hasta el alba.
Me arrastraba medio dormida hasta la cocina a preparar algo de comer ya por la tarde. Luego nos tumbábamos en el sofá. Lo habíamos empujado por todo el cuarto hasta la pared cerca del baño, que era el sitio más fresco de la casa. Allí nos quedábamos durmiendo la siesta. Pegados por nuestros cuerpos, con las junturas llenas de sudor allí donde hacíamos contacto.
A medianoche revivíamos. Tú montabas el velador más lujoso del porche con una mesa de camping y unas cajas de madera. Yo te veía por la ventana de la cocina mientras elegía que íbamos a cenar.
Casi no hablábamos. Sabíamos que se acababa. Que tú te irías con el verano. A pesar de todo yo no podía dejar de ser feliz. Era un punto lejano tu partida. Era una realidad paralela que sólo se materializaría al volver a casa, a la rutina, al trabajo.

Después de cenar nos quedábamos abrazados, acariciándonos en el asiento de atrás de aquel coche. Lo habíamos cogido de un desguace y era nuestro diván de verano en la madrugada.
Cuando el cariño nos desbordaba nos mudábamos a la habitación. Y volvía a subir la temperatura, hasta que nos quedábamos dormidos bajo una leve sábana.
Los días empezaban a acortar cuando me despertó el chasquido del disparador de tu cámara de fotos.
La primera me la sisaste dormida, la segunda bostezando, la tercera frunciendo el ceño por debajo de las sábanas. Luego te pusiste a hacerme cosquillas para que saliera de mi escondite, de aquello dan fe dos fotos más.
Mi espalda, mi pelo, mis piernas cruzadas y mis hombros completan la lección de anatomía superficial.
Levantándome de la cama con la sábana medio tapándome queda una foto a contraluz que casi no se distingue. Una en la ducha, otra lavándome los dientes.
Vestida casi desnuda, en tirantes con un vestido de flores. Desnuda casi vestida por la luz del sol. Apoyada en la puerta. Mirándote suplicando que pares. Cerrando las puertas tras de mí. Enfadada, malhumorada, con el dedo amenazante. Encorriéndote con un cubo de agua.
La ráfaga de fotos inmortalizó mi caída con cubo incluido. Mis lágrimas llenan varias fotos más.
Tirada en el suelo, llorando de rabia como un niño. En la última que disparaste sale el suelo, porque ya habías acudido a socorrerme…
Lo había olvidado hasta que esa tarde cuando desperté no estabais ni tú ni la furgoneta. Un par de horas después apareciste. Traías las fotos. Me anunciaste que las viera y que era día 28. Las fui mirando. Eran preciosas.
Allí estaba yo. Pequeña, frágil y sin embargo parecía toda una mujer transformada por el amor. La luz provenía de dentro de las propias fotos. Empecé a pasarlas rápidamente por enésima vez. Entonces me percaté, yo estaba en todas y en todas estaba sola.
Las dejé con cuidado en una mesa y empecé a llenar la mochila sin mucho orden ni concierto. Me vestí recatadamente por primera vez en todo el verano. Salí con la mochila sentándome en una piedra, esperando.
Tú lo habías recogido casi todo mientras yo dormía. Pusiste una cadena a la puerta y subimos a la furgoneta sin intercambiar ni una palabra. Me bajé sin mirarte a los ojos. Arrancaste sin mirar por el retrovisor. Yo no volví la cabeza ni una vez.
Al llegar a casa busque las fotos, frenética. En algún momento conseguiste hurtármelas sin que me diera cuenta.
Y con ellas te llevaste la luz y el contraluz.
Alguna vez cuando alguien extiende un mapa del pirineo se me van los ojos a ese punto concreto donde una vez existió un pequeño paraíso.
Ese verano hacía un calor agobiante. Nos habíamos trasladado a aquel pueblo del pirineo deshabitado buscando un respiro. Los días eran igualmente sofocantes pero, al menos, las noches hacían descender la temperatura. Nos acostumbramos a dormir de día para pasar despiertos las noches hasta el alba.
Me arrastraba medio dormida hasta la cocina a preparar algo de comer ya por la tarde. Luego nos tumbábamos en el sofá. Lo habíamos empujado por todo el cuarto hasta la pared cerca del baño, que era el sitio más fresco de la casa. Allí nos quedábamos durmiendo la siesta. Pegados por nuestros cuerpos, con las junturas llenas de sudor allí donde hacíamos contacto.
A medianoche revivíamos. Tú montabas el velador más lujoso del porche con una mesa de camping y unas cajas de madera. Yo te veía por la ventana de la cocina mientras elegía que íbamos a cenar.
Casi no hablábamos. Sabíamos que se acababa. Que tú te irías con el verano. A pesar de todo yo no podía dejar de ser feliz. Era un punto lejano tu partida. Era una realidad paralela que sólo se materializaría al volver a casa, a la rutina, al trabajo.

Después de cenar nos quedábamos abrazados, acariciándonos en el asiento de atrás de aquel coche. Lo habíamos cogido de un desguace y era nuestro diván de verano en la madrugada.
Cuando el cariño nos desbordaba nos mudábamos a la habitación. Y volvía a subir la temperatura, hasta que nos quedábamos dormidos bajo una leve sábana.
Los días empezaban a acortar cuando me despertó el chasquido del disparador de tu cámara de fotos.
La primera me la sisaste dormida, la segunda bostezando, la tercera frunciendo el ceño por debajo de las sábanas. Luego te pusiste a hacerme cosquillas para que saliera de mi escondite, de aquello dan fe dos fotos más.
Mi espalda, mi pelo, mis piernas cruzadas y mis hombros completan la lección de anatomía superficial.
Levantándome de la cama con la sábana medio tapándome queda una foto a contraluz que casi no se distingue. Una en la ducha, otra lavándome los dientes.
Vestida casi desnuda, en tirantes con un vestido de flores. Desnuda casi vestida por la luz del sol. Apoyada en la puerta. Mirándote suplicando que pares. Cerrando las puertas tras de mí. Enfadada, malhumorada, con el dedo amenazante. Encorriéndote con un cubo de agua.
La ráfaga de fotos inmortalizó mi caída con cubo incluido. Mis lágrimas llenan varias fotos más.
Tirada en el suelo, llorando de rabia como un niño. En la última que disparaste sale el suelo, porque ya habías acudido a socorrerme…
Lo había olvidado hasta que esa tarde cuando desperté no estabais ni tú ni la furgoneta. Un par de horas después apareciste. Traías las fotos. Me anunciaste que las viera y que era día 28. Las fui mirando. Eran preciosas.
Allí estaba yo. Pequeña, frágil y sin embargo parecía toda una mujer transformada por el amor. La luz provenía de dentro de las propias fotos. Empecé a pasarlas rápidamente por enésima vez. Entonces me percaté, yo estaba en todas y en todas estaba sola.
Las dejé con cuidado en una mesa y empecé a llenar la mochila sin mucho orden ni concierto. Me vestí recatadamente por primera vez en todo el verano. Salí con la mochila sentándome en una piedra, esperando.
Tú lo habías recogido casi todo mientras yo dormía. Pusiste una cadena a la puerta y subimos a la furgoneta sin intercambiar ni una palabra. Me bajé sin mirarte a los ojos. Arrancaste sin mirar por el retrovisor. Yo no volví la cabeza ni una vez.
Al llegar a casa busque las fotos, frenética. En algún momento conseguiste hurtármelas sin que me diera cuenta.
Y con ellas te llevaste la luz y el contraluz.
Alguna vez cuando alguien extiende un mapa del pirineo se me van los ojos a ese punto concreto donde una vez existió un pequeño paraíso.
7 ¿me hablas?:
Hola
Estoy recuperando los posts de blogia para tenerlo todo en este blog.
Lo siento por los que leeis hace tiempo, os van a sonar a repetidos.
Pero no preocuparse, sólo os voy a torturar con los menos malos :o)
Besitos
este era precioso...besos.
este es fantástico, bienvenida esa recuperación
Creo que todos tenemos un paraíso perdido, sea en el Pirineo o en casa.
Algún día, cuando me mude o me haga efecto la terapia, hablaré del mío.
Lo que leo me duele y me conmueve.
Un (b)eso desde mi nueva casa virtual
Que hermoso. Bienvenido sea si lo has recuperado.
Al leerlo me llenó de sensaciones, es fantástico.
Un saludo.
Siempre lamenté no haber copiado y pegado muchas de las entradas de entonces, así que me alegraré mucho de verlas por aquí y de recordarlas.
Ésta siempre me pareció preciosa y aún recuerdo que incluía una foto velada a la que un comentarista aludía preguntándote si eras tú la de esa foto.
Vuelvo a leer con embeleso esas líneas:
"La luz provenía de dentro de las propias fotos... Entonces me percaté, yo estaba en todas y en todas estaba sola."
Entonces éramos más jóvenes.
Besos.
Ja, ja Ybris que buena memoria. Ahora que no nos oye nadie, sí la foto era mía :o>
Publicar un comentario en la entrada