martes 7 de abril de 2009

Ateos y funerales

Hace unos días unos amigos aseguraban con énfasis que los actos laicos en los funerales eran muy duros y que para esas ocasiones estaba la iglesia, porque aunque seas ateo, esos eventos los manejan como nadie.

Lo cierto es que aquello no me convenció. Pensé que en cierta manera lo que picaba en un acto laico era la falta de esperanza. Sí, cuando eres ateo tienes que cargar con saber que esto es lo que hay y se acabó. Eso implica que nada de arrepentimiento, ni una temporada en el purgatorio, ni reencarnación, ni nada. O lo bordas a la primera o no hay más oportunidades. Que te digan esto en un funeral jode, es mejor la otra versión.

El sábado tuve un funeral (sí es que llevo unos días). Allí estaba yo en misa sentada procurando reprimir repetir las consignas grabadas tan a conciencia en la infancia. De pronto algo me devolvió a la realidad. El cura estaba teatralizando la lectura. En los pasajes donde hablaba dios ponía voz grave en plan “Para comerte mejor, Caperucita”

Por un momento pensé que lo estaba soñando, pero no, el resto de mis amigos en el banco también miraban asombrados hacia el púlpito. El tío tratándonos como niños de parvulario ante la urna con las cenizas del difunto, sí era infinitamente más digno.

Pica más sí. Recordar a una persona en público por última vez. En un acto donde no se dice que vamos a volver a verla, donde no se habla de perdón porque no hay nada que perdonar, tal vez sólo haber vivido. Tal vez sea más complicado reprimir las lágrimas que no dejan de ser ese agua más bendita y sentida que la otra. Pero hay que ser consecuente.

No sé puede ser circunstancial o probablemente ateo.

3 ¿me hablas?:

casi yo 3:37 PM  

Yo pienso donar mi cuerpo a las sopas Campbell's. Más laico, imposible.

(estoy contigo)

ybris 7:45 AM  

Mejor laico que indignamente religioso.
No somos niños de parvulario.

Besos.

manuel_h 7:04 PM  

20 siglos le dan cierta experiencia a la iglesia en cuanto al boato, y luego tienen los lugares, grandes, espaciosos e incluso catedralicios, pero nada más: siempre han tratado a la gente no como a parbulitos, sino como si fuéramos idiotas.

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