Crónica en Babylone
Era imposible desvincular el pasado, aquel cuando me mirabas a los ojos y me decías todo serio “Eres igual que Jane Birkin” y luego buscabas la confirmación entre tus amigos. Y yo me reía, porque por mi edad, no tenía ni idea de quien era J.B. Luego miré un disco que tenías. Uno de esos de vinilo. Cuando las fotos de las portadas eran enormes y los discos olían. Cuando me ponías las cassettes en el coche y se empañaban los cristales.
Ayer supe quien era Jane Birkin.
Ocurrió bajo la luz de las resistencias de las bombillas, con su escueto cuerpo dentro de aquella ropa mil veces grande. No fue hecha para ser tapada, aunque yo le pondría un vestido de lana para abrigarla.
Toda ella y sus palabras hacen gala de ser la amante del artista sin ningún pudor, aunque fuera su pareja durante años. Amantes porque eso son los que se aman. Aunque fuera hace tiempo, aunque ella ya sea mucho más. No renunciar, integrar. Serge sin duda dejó algo más que huellas entre su costillar famélico que toca mientras le nombra.
Ella espléndida con ese halo mágico, casi sin movimiento, hipnotizando hasta los ciegos de corazón. De agradecer todas esas canciones del pasado, que conocíamos y nos hacían no perder el hilo, disfrutar, aplaudir, enamorarnos un poco más de nuestros recuerdos, en la propia butaca.
El contrabajo era toda una metáfora de su voz. Perfecto pero sin caja de resonancia. El temple nervioso del violonchelo, el piano exacto y todas las cuerdas. Seguro que no era casualidad la edad de sus músicos. Tan jóvenes contrastando con ella. Esa mujer de grandes pensamientos y palabras, de idiomas mezclados, de manos pequeñas.
Ella es la prueba de cómo llegar a esa edad. Y poder hacer lo que quiera. Y todo sin perder la sonrisa.
Ahora que ya sé quien es, ahora sí quiero ser Jane Birkin.
Ayer supe quien era Jane Birkin.
Ocurrió bajo la luz de las resistencias de las bombillas, con su escueto cuerpo dentro de aquella ropa mil veces grande. No fue hecha para ser tapada, aunque yo le pondría un vestido de lana para abrigarla.
Toda ella y sus palabras hacen gala de ser la amante del artista sin ningún pudor, aunque fuera su pareja durante años. Amantes porque eso son los que se aman. Aunque fuera hace tiempo, aunque ella ya sea mucho más. No renunciar, integrar. Serge sin duda dejó algo más que huellas entre su costillar famélico que toca mientras le nombra.
Ella espléndida con ese halo mágico, casi sin movimiento, hipnotizando hasta los ciegos de corazón. De agradecer todas esas canciones del pasado, que conocíamos y nos hacían no perder el hilo, disfrutar, aplaudir, enamorarnos un poco más de nuestros recuerdos, en la propia butaca.
El contrabajo era toda una metáfora de su voz. Perfecto pero sin caja de resonancia. El temple nervioso del violonchelo, el piano exacto y todas las cuerdas. Seguro que no era casualidad la edad de sus músicos. Tan jóvenes contrastando con ella. Esa mujer de grandes pensamientos y palabras, de idiomas mezclados, de manos pequeñas.
Ella es la prueba de cómo llegar a esa edad. Y poder hacer lo que quiera. Y todo sin perder la sonrisa.
Ahora que ya sé quien es, ahora sí quiero ser Jane Birkin.

7 ¿me hablas?:
me he puesto inmediatamente a escuchar ese disco(el Spotify es tan magnífico que merecería ser ilegal), porque yo también quiero saber quién es Birkin ahora.
Nada más leer esta preciosidad de entrada al tiempo que escuchaba a Jane Birkin cantando a Brahms -doblemente hipnotizado así como es justo para con un ciego confeso de corazón- he seguido las pistas a esta mujer.
No sé si querría ser Jane Birkin pero sí he quedado encantado de encontrámela.
Gracias mil.
y de todas las formas como mito que es para una parte de nosotros...no exactamente yo...algo de lo que quisimos de ella seguro que todavía puede darlo.
Me gusta Jane Birkin, me gustaba el olor de los discos a vinilo porque cada uno tenía el suyo particular y me gustas tú cuando escribes, porque no eres Jane Birkin y porque sabes que los recuerdos y la música van unidos entre sí. Los dejamos atrás y seguimos adelante y de vez en cuando, los desempolvamos y tienen su olor propio, su música, su gusto, y a veces hasta palabras que resultan ya un misterio indescifrable...
Un post memorable, como un buen recuerdo. Saludos.
Ay, Jane Birkin... Pues yo quiero ser Athena. Siempre llamándome la atención tus fabulosos comentarios, certeros como un dardo disparado por el campeón del tiempo, y con su humor y su originalidad, y yo tan tonta que no venía por aquí a hacer tripas de mi corazón ;-)
Ahora ya no me voy ni aunque me echen.
Besos, Athena, de verdad que si tuviera que cambiar, me pido ser tú.
Qué curioso. Hasta hace poco yo tampoco tenía ni idea de quier era Jane Birkin hasta que me compré un poemario de Octavio Gómez Milián. Y me quedé con el nombre. Y a las dos semanas un inmenso cartel en la puerta de casa le pone cara a Jane y la anuncia en Zaragoza. Y ahora tú...
Un abrazo!
Qué jóvenes sois, curullu.
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