Otras vidas jueves, agosto 30, 2007 |
Al morir mi padre a mi familia le dio por hacer un montón de fotos. Para combatir la in permanencia supongo.
De él nos quedaba una foto de carnet en blanco y negro que mi madre mandó ampliar y hacer copias. En todas las casas de mi familia hay la misma foto de mi padre.
Yo de pequeña a menudo hurgaba para encontrar parientes en sepia en aquella caja rancia repleta de papel cuché donde habitaba la vida de mi madre. Aún puedo hacer algún tipo de orden cronológico con aquellas fotos: su hermana, mi tía, con dos años vestida de corto y blanco y un lazo en la cabeza, ella y mi madre de la mano de mi abuela, una señora tan guapa que quitaba la respiración, su primera comunión, con siete años el día que enterraron a su madre (mi abuela) llevando calcetines negros, su confirmación con el velo torcido.
De las fotos de la juventud de mi madre mis favoritas son una serie en las que aparece en bikini y por la parte detrás cada una tiene una parte de una frase que sólo se puede leer al tenerlas todas juntas. Aquellas fotos forman parte de un verano que pasó separada de mi padre y se las enviaba al ritmo de una por carta. Después de ese verano muchas fotos con sus amigos cuando festejaba con mi padre.
Luego ya aparezco yo, siempre en brazos, siempre abrazada, bailando con mi madre y luego mi hermano y una sola foto los cuatro juntos. Recuerdo cuando hicimos aquella foto con la misma claridad que los videntes tienen en las películas.
La muerte de mi padre nos dejó las fotos en alivio de luto
Vacío sábado, agosto 25, 2007 |
Todo el mundo habla de cicatrices.
Heridas grandes, pequeñas, heridas que no acabaron de cicatrizar, que dejaron su marca imborrable en algún sitio del alma, del corazón, de la piel, de la conciencia, dependiendo tipo de daño causado.
Pero algunas heridas no dejan cicatrices simplemente causan la muerte. Una muerte parcial, intemporal, vacía, como la nada más allá de los límites de nuestros ojos cuando teniéndolos cerrados creemos haber quedado ciegos.
Es la muerte parcial peor que una cicatriz. Las cicatrices no duelen, afean, provocan recuerdos, causan desazón. Pero sentir esa oquedad en el alma como una prolongación del ser que siente que le falta, que se sabe una existencia incompleta, eso sí que es terrible.
Cuando tengo la mirada suspendida me quedo tanteando con los dedos de mi alma alrededor de esta felicidad incompleta, queriendo encontrar algún borde para arrancarme de un tirón este vacío.
Sea Blues viernes, agosto 10, 2007 |
El horizonte ha dejado una tenue pero consistente línea azul salada que atraviesa mis pupilas cuando vuelvo a mirar hacia el secano.
Ya sólo me queda el turquesa de los mares del sur de la tinta con la que escribo, o tal vez dadas las circunstancias, con la que ya ni escribo.