Despierta domingo, noviembre 19, 2006 |
Por favor, no me mandes a dormir de nuevo, como siempre, como
entonces, como ahora...
nuestra madriguera particular no tiene por qué ser un espacio real, pero sí ese momento o lugar suspendido en el tiempo en el que nos sabemos seguros.
Por favor, no me mandes a dormir de nuevo, como siempre, como
entonces, como ahora...
Si supiéramos leer en los silencios de los demás podríamos escribir una enciclopecia...
Como un jersey al que al tejerlo se le han escapado un par de puntos,
como las huellas en una explanada de nieve virgen,
una pastilla de jabón usada,
o un zurcido.
como el reloj que deja de ser insumergible al tener que repararlo,
como un golpe en la chapa del coche,
un cuaderno empezado,
o una tirita usada.
como la primera vez después haber visot su cuerpo,
como un jarrón que hubo que recomponer,
el amor después después de traicionarlo,
o aquel primer beso.
Como esa frase que desearías no haber dicho.
Sólo hace falta una sola vez para que algunas cosas no vuelvan a ser lo mismo.

Cada mañana pedía un café con leche y cogía el diario antes de sentarse en una de las mesas. Dejaba enfriar el café mientras se sumergía en la vorágine de noticias de la que escapaba, a cortos intervalos, levantando la vista, dirigiendo la mirada hacia la puerta.
Cada mañana quince minutos después de las siete entraba el frío y el ruido de la calle cuando ella abría la puerta. Pedía un cortado por encima del bullicio y mientras se quitaba los guantes y el abrigo se sentaba en la mesa contigua a la que estaba él.
Cada mañana le sonreía dándole los buenos días desde su mesa. Por su cara se podía saber que día era, los ojos de sueño de los lunes, la pereza del martes, la alegría de miércoles, el brillo del jueves, el viernes ojeras de haber trasnochado y un agua mineral además del café.
Cada mañana la veía afanarse en su portátil tecleando, apartándose el pelo de su cara, bebiendo el café a pequeños sorbos, espiándola por encima de los titulares, cruzando de vez en cuando alguna mirada a las que ella siempre acompañaba con una sonrisa y él con un punzante ardor en el estómago.
Cada mañana del fin de semana la echaba de menos y la vida empezaba en lunes.
Hay un millón de sitios donde buscar a un fugitivo: a través de las cortinas de un baño en blanco y negro, dentro de un nórdico arena de rayas blancas, debajo de los cuadros sin colgar en un cabecero, colgado de un imán de Cancún o del de emergencias, detrás los cuadros de su abuelo, tras los visillos del pasillo, siguiendo el hilo la maquinilla inalámbrica o en una galería ideal para la fiesta de la espuma...
Eso, en el supuesto de que esté huido.