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La fabuladora sábado, marzo 18, 2006 |

Ella se sentó con las piernas cruzadas en la silla delante del ordenador. Llevaba en la mano un café que todavía humeaba. Dejó la taza en la mesa que tenía delante. Se ajustó el albornoz con el que iba vestida y se colocó bien las gafas.

Comenzó a teclear y en las pausas tomaba café a sorbitos pequeños.

Entonces llegó David asomándose por encima de su hombro, besó su mejilla y le robó un poco de café quemándose. Le preguntó que escribía a aquellas horas, ella contestó que nada y sonrió. Él comenzó a leer:
"Ella se sentó con las piernas cruzadas en la silla delante del ordenador. Llevaba en la mano un café que todavía humeaba. Dejó la taza en la mesa que tenía delante. Se ajustó el albornoz con el que iba vestida y se colocó bien las gafas."

Liberación miércoles, marzo 15, 2006 |

He liberado tu recuerdo.

Se ha ido saltando por la calle, gracioso, jugando en los bordillos.
Se volvió una vez y le sonreí. Me dijo adiós con la mano como un niño pequeño.
Abrí la puerta de casa y entré. Estaba más vacía ¿tanto ocupa tu ausencia?
Llegué hasta el sillón orejero y me dejé caer.
Entonces abrí la mano que tenía apretada contra el pecho.
Salió serpenteando el extremo del hilo que sujetaba tu recuerdo.
Se escapó por debajo de la puerta en silencio.

Hoy he liberado tu recuerdo.
Espero, que haya encontrado a su dueño.

Sin comentarios domingo, marzo 12, 2006 |

No puedo evitarlo.

Cada vez que me asomo y leo me siento mal.
A veces es preocupación, pero casi siempre es remordimiento.
Un poco de culpabilidad.
Conciencia del vacío.
Y media docena de lágrimas de cocodrilo,
Pequeñas, calladas, escondidas.

Cobardía de no actuar
Y temblor de mis manos que no pasan página

No puedo evitarlo
¿Conocéis alguna excusa peor?

El esenciero sábado, marzo 11, 2006 |


Si los olores se pudieran embotellar yo tendría en un armario especiero un pequeño botecito de cristal con cada olor que me permite fabricar un recuerdo. Olor a natillas y a canela, a gominolas y nubes dulces , a hierba mojada, a brisa marina, a lluvia. Al jabón y suavizante de mi madre. A la ropa recién planchada. A los magnolios de una noche de verano. A azahar. Olor a bebé. A manzana y a los chicles de melón. A pan recién hecho y a horno encendido. Al cocido de mi abuela. A naftalina. Al papel de un libro nuevo, al papel de un libro viejo.

Si los olores se pudieran embotellar hubiera guardado uno que oliese a ti o mejor, hubiera guardado uno por cada olor. El de tu cuello, tu espalda. Tu perfume. Un por cada uno de tus humores y otro por cada uno de tus malos olores porque también me recordaban a ti.

Si los olores se pudieran embotellar viviría con un bote en el bolsillo, para guardar cada recuerdo con su olor correspondiente.

La 205 lunes, marzo 06, 2006 |

Ellos han llegado temblando. Se miran delante de la puerta de la habitación 205. Ella se ha decidido porque él la quiere. Van a encontrarse sin la distancia de la ropa. Por primera vez, para descubrir como se puede compartir el mismo espacio.

Eva cambia las sábanas, pone toallas limpias, hace la cama.

Ellos van los martes y sábados. Se ven cada día en el trabajo, nadie lo sabe. Sólo son dos como otros muchos dos. Dos hombres en una jaula. La 205 se ha convertido en un código para decirse “te quiero”

Eva estira la colcha, limpia el baño.

Ella sabe que algún día tendrá que reunir el suficiente valor para irse de casa.
Se ve con él por las mañanas cuando va por su ciudad de viaje. A veces pasan horas hasta que él llega. Entonces se dedica a mirar por la ventana que da a una calle trasera donde se apilan los cubos de la basura y sale el respiradero de la lavandería.

Eva empuja el carrito del cambio de ropa, papel higiénico y muestras de jabón. Hoy se sienta en la cama y encuentra su imagen en el espejo y se alisa el pelo con los dedos y palpa sus arrugas. Eva piensa que ella nunca tuvo una habitación 205

*******
A veces he vuelto a esperarte, aunque se que tú nunca ya pasas por ahí.
En el aire flotan todavía mis risas y tus cosquillas, tus verdades y mis mentiras.
La certeza de tenerte y la inconsciencia de pederte.

Seres vivos jueves, marzo 02, 2006 |

Aunque le advertí a David que no era buena idea dejar aquella orquídea en mi casa, hace quince días se presentó con una de las plantas que cría para el vivero.

De nada sirvieron mis súplicas avisando de que la planta no vería la primavera, que en la vida me había sobrevivido una planta más allá de un par de meses y que era un cactus.

Me quedé con la orquídea en brazos como un padre novato la primera vez que sostiene a su hijo. Con las instrucciones básicas de que no la regara demasiado, no la pusiera al sol directo y no la cambiara de maceta porque no llevaba tierra “normal” me la dejó al lado del monitor del ordenador. Si David pensó que toda aquella muestra de confianza en mis ocultas facultades de jardinera serviría para que cuidara más la orquídea se equivocaba. Ya sé que lo hace para animarme, pero la planta tiene las horas contadas.

Tenía tres flores bien abiertas, ocho más a punto de abrirse y una docena de brotes más. Tenía sí, porque en los últimos días a pesar de que muchas de las flores han seguido abriéndose los brotes se han caído.

Ayer vino David:

“¿La has regado?”
“Mmmm….no….mmmm…si"
“Mmmm la has regado o no”: dijo imitándome entre risas
“Sólo el domingo como me dijiste”
“Vale no la riegues más de momento”
“David llévatela, por favor, la voy a matar”

Pero nada no hubo forma de que cediera y se la llevara.

Hoy mientras desayunaba me ha parecido que tenía un poco mejor aspecto, las flores más abiertas y las hojas más firmes y verdes. Claro, probablemente se alegró de ver a David de nuevo. Y yo también.