Borrón y cuenta nueva sábado, diciembre 31, 2005 |
Hoy más que nunca es un buen día para hacer borrón y cuenta nueva.
Habrá otras causas perdidas, otras verdades, otras mentiras y en los intermedios seguiré buscando vuestra sonrisa.
nuestra madriguera particular no tiene por qué ser un espacio real, pero sí ese momento o lugar suspendido en el tiempo en el que nos sabemos seguros.
Hoy más que nunca es un buen día para hacer borrón y cuenta nueva.
Habrá otras causas perdidas, otras verdades, otras mentiras y en los intermedios seguiré buscando vuestra sonrisa.
Quiso el azar que lo encontrara por segunda vez. Aunque yo no lo reconocí de inmediato. Dice que no sabe escribir pero a cambio transforma las metáforas en imágenes con una cámara de fotos. Guarda pocas mentiras y un puñado de certezas.
En el balance del 2005 está él, sin duda. Por muy jodida que haya estado nunca me ha dejado regodearme en mis propias miserias y me ha obligado a reírme en la adversidad. Pero si me quedo con algo es con la complicidad. Como muestra un botón.
Un día después de haberle explicado que era un error el regalo que le había comprado a su chica (por cierto que yo tuve razón) El salvó la papeleta airósamente y retándome a que escribiera un post, que nunca hice. El otro día mientras pensaba que podía escribirle me pasó esto. (Sirva para cancelar ambas deudas)
Diciembre 27 año 2005: Ella y una amiga
-“Feliz Navidad. ¿Qué has sido buena, te ha traído algo Papa Noel?”
-“Sí mira de parte de mi marido, esta pulsera”
-“Es muy bonita. Pero no pareces muy contenta. Espera. Esta pulsera es casi idéntica a la que siempre llevas, la que te regaló tu marido el año pasado por navidad también ¿no?
Diciembre 27 año 2005: El y un amigo
-“Desde luego no hay quien las entienda. Le regalo una pulsera a mi mujer majísima y me ha puesto una cara que parecía querer asesinarme”
-“No hay forma de acertar. Yo le he puesto un abrelatas eléctrico porque siempre está necesitando mi ayuda y no veas que cachondeo”
-“Es que no lo entiendo. El año pasado le regalé una pulsera casi igual y se puso que para qué de contenta. Este año con el mismo regalo va y se me enfada”
-“No busques explicación lógica. No hay quien las entienda”
Para que no olvide que las chicas pensamos que los mejores regalos son inversamente proporcionales a su utilidad.
De Presentes el regalo para Kelkian que habita en Certeza de mi, que la memoria no me permita volver a olvidarte.
He visto a una chica llorando. Salía del baño de un museo. Se ha subido la bufanda al salir a la calle. Me la he quedado mirando ajena a su tristeza.
He visto a un camarero llorando. Comía en una mesa del fondo del bar. Le caían unas delicadas y calladas lágrimas. Ha limpiado su nariz con la servilleta verde del establecimiento. Luego ha mirado el móvil. Ha cogido aire y se ha levantado volviendo a su trabajo.
He visto a una mujer llorando. Iba en el autobús sentada con la frente ligeramente apoyada en la ventanilla. Tenía la cabeza agachada y se frotaba los ojos.
Hay mucha gente llorando y yo no me había dado cuenta. Me pregunto si siempre han estado ahí o las he empezado a ver cuando yo he sido capaz de parar mis propias lágrimas.
Hoy te leí y estuve pensando que tal vez también habías estado llorando.
De Presentes el regalo para Con Sal en los Labios
Te siento con esa percepción que sólo la paridad X otorga
Encontradas de paseo y tal vez reconocidas
De Presentes, el regalo para Amanda que habita en "Siempre nos quedará Paris"
Aquí los lirios virtuales que me ha regalado Amanda por Navidad.

Aún nadie lo sabe, pero este año en mi casa los regalos van unidos de un pequeño cuento, relato o una poesía. Porque es probablemente lo que mejor hago, porque no se puede comprar, porque es de diseño y personalizado.
Con esta idea se me ocurrió otra. Poco a poco vas cogiendo cariño a las personas que te leen y te aguantan. Y quiero haceros un regalo escrito. El que quiera el suyo que me deje un comentario pidiendo y a partir de año nuevo podéis pasar por el blog a recogerlo.

Diez o quince centímetros más de altura me hubieran venido muy bien.
Pero lo que la naturaleza me negó yo voy robándoselo en besos.
La distancia a esos labios era insalvable, si íbamos paseando me quedaba a tu merced si decidías o no besarme. Por ese motivo y porque soy muy mandona tuve que inventar los besos en escalón.
Te soltaba la mano y me adelantaba corriendo por la calle, hasta que me subía a un escalón. Te esperaba riéndome y con frío. Acudías con media sonrisa y cuando llegabas apoyabas ladeada la cabeza haciéndote de rogar. Estábamos de pie y sin embargo te miraba a los ojos en línea recta y podía acercar mi nariz a la tuya. Hasta en ese ángulo estabas más guapo.
Colando las manos dentro de mi abrigo, enganchabas las trabillas de mi pantalón con tus índices, acercándome. Los botones quedaban simétricos y el eje de nuestros cuerpos se nivelaba. Paralelos y complementarios desde los hombros hasta las caderas.
Abrazada y no colgada de tu cuello sabían mejor aquellos besos.
Apoyada en los portales, tapada por tu cuerpo ¿quién dijo que no es maravilloso estar alguna vez entre la espada y la pared?
Pero siempre terminabas haciéndome rabiar tirando de mí, bajándome del escalón y dejándome de puntillas para no tener que dejar de besarte. Así sin separarnos me hacías andar un trecho hasta que me descolgaba de tu cuello y me decías burlón “Más Cola-Cao”
Así que si voy por una calle y me veis pararme y mirar a un escalón, ya sabéis lo que veo, el eco de algún beso.
“¿Que se nota?”
“Pues nada en especial, vengo a la revisión anual”
“¿Tos? ¿Malestar? ¿Mareos?”
“No, no, nada de eso. En realidad me encuentro bastante bien”
“¿Palpitaciones? ¿Dolor en el pecho? ¿Sigues el tratamiento que te di la última vez?”
“No, me pareció un tratamiento muy agresivo”
“Recaerás y será mucho peor”
“Puede y ¿qué? ¿Merece la pena vivir sin asumir algunos riesgos?”
“Vaya te veo muy segura”
“No. Supongo que me asusta el miedo a sufrir, como a todos, pero estoy dispuesta a asumir mis decisiones”
“A ver, di 33”
“Treinta y tres”
“Te sale muy bien, sigue diciéndolo durante el próximo año”
Gracias por pasar hoy por mi casa.
Desde que amamantamos a nuestros hijos hasta que vienen con los suyos propios a comer los domingos, desarrollamos las madres lo que yo llamo “sentimiento nutricio”. Haciéndolo extensivo a aquellos que amamos y apreciamos.
En nuestro afán de alimentar cuerpo y mente a cuantos nos rodean, se convierte el acto de cocinar y servir en una labor espiritual, casi de comunión. Entregándonos en cada detalle y dejando un poco de nosotras para que entre y perdure en los demás.
Será este nuevo estado de calma y paz, que me está permitiendo disfrutar de las reuniones y eventos que se avecinan. Hoy domingo he llegado a las seis de la mañana de la cena del trabajo. Me lo estaba pasando tan bien que no me fui a casa la primera como otras veces. Lo cual viene a demostrar que igual la causa era mía otros años, de aburrirme. Y a pesar del sueño me he levantado a las diez de la mañana para estar casi cuatro horas cocinando.
Hemos celebrado hoy mi cumpleaños con la familia, aunque es el miércoles. Todo ha estado muy bien. Volver a agradecer a Amanda sus ideas y sus enlaces y aquí le dejo las fotos para que vea lo buena alumna que soy y a los demás para que os de envidia.
El menú: pimientos rellenos de merluza y gambas con sala de piquillo, calabacines con queso de cabra, sobrasada con miel (ha tenido un éxito increíble), revuelto de setitas con jamón, después he hecho un asado (falta la foto por olvido de la cocinera) y la tarta toda de chocolate mmmm. El que la tarta sea un poco irregular y la decoración han sido obra de mis pinches de once y seis años.
¡Estáis invitados!
juego, sube tus ojos y que los demás te digan qué dicen... porque si son el
espejo del alma... solo pueden decir cosas buenas.
Atrévete.
Para mí las canciones de Phil Collins tienen sabor a coca-cola y a sudor, olor a su cuerpo y al cálculo de su peso en mi pecho. Tienen la temperatura del verano, la oscuridad de las habitaciones con las persianas bajadas. La banda sonora de las películas del video club, desnudos en el sofá. El tacto de sus rizos bajo el agua de la ducha y de las sábanas sin pijama.
Cuando no había móviles, ni Internet, ni blogs, ni emule y lo único que sabía decir en inglés era aquel estribillo: it’s just another day for you and me in paradise
“No hay adornos”
Con esa frase mi hijo me hacía reparar en que en la puerta de nuestros vecinos este año no hay ningún adorno navideño. Cada año ellos ponen un gran adorno, muy brillante, dorado, imposible que pase desapercibido. Nosotros ponemos un lazo de tela escocesa demasiado pequeño para mis hijos y demasiado grande para mí.
Yo sé el motivo de que en esa casa este año no haya adorno. Hay una persona muriendo. Es una persona joven, llena de simpatía y a la que todo el mundo adora.
Las noticias que tengo son por una amiga que es familiar. En la vecindad no se habla del tema. Como si ignorar la muerte nos salvara de ella.
Epílogo:
-“Mamá prométeme que no te morirás nunca”
-“Sabes que no te puedo prometer eso”
-“Pues entonces espérate a que sea mayor”
-“Bueno, pondré todo de mi parte”
"Creo que tú estás más animada, aunque no te lo diré porque luego te cabreas "
Pues va a ser verdad. Y no hay ningún motivo especial. Tal vez eso sea lo mejor.
Claro que como ahora me vuelva feliz ¿de qué escribiré? :o)
Por cierto Amanda me ha enviado unas recetas buenísimas. Vamos que tengo casi resueltas la próximas cien comidas.
Os recomiendo que visitéis su sección michelín. Se os va a caer la baba.
Besos a todas y todos.

Que raro. Esta navidad estoy bastante tranquila. Tengo casi todos los regalos ya y la planificación de cómo me toca ir a comer y cenar asumida.
No me ha salido sarpullido con la iluminación de la ciudad y ayer mis hijos colocaron el árbol y a mí no me ha pasado nada. Que raro.
Y como prueba de esta transformación el otro día va y digo, sin pensar, que voy a celebrar mi cumpleaños. Hace ya cuatro o cinco años que intento que nadie se entere de cuando es. No es por cumplir años es porque es tan cerca de navidad que siempre me ha molestado.
Así que ya estáis dejándome recetas durante esta semana, aquí o en el mail, para darme ideas. Que tanta tranquilidad me da vagancia mental.
Gracias por adelantado.

Fractales resquebrajados
Barquillos deshechos
Añicos de porcelana
Fragmentos en abanico
Briznas de memoria
Partículas en suspensión
Ráfagas impenetrables
Virutas de corazón
Cristales recompuestos
Y todos los pedazos / que ya no encuentro
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Divagando acerca del post de hoy. Son las 0:30
Encontré un pequeño trozo de papel que probablemente escribí en uno de los innumerables trayectos que me ha tocado hacer en autobús estos últimos días.
Estaba arrugado y algunas de las palabras ni siquiera era capaz de entenderla con mi propia letra. Entre lo que se distinguía había una especie de lista de sinónimos, fragmentos, partículas, añicos, pedazos. Por el otro lado del papel ponía fractal. Hacía días que quería escribir algo acerca de la belleza de los fractales y cómo me habían cautivado una vez en el museo de la ciencia de Barcelona.
Cuando ha salido el texto lo he tocado muy poquito. Luego me he puesto a buscar una imagen. He estado navegando mucho rato hipnotizada por los fractales de nuevo. Al final me he decidido y he colgado la foto con prisa porque me tenía que ir.
Ahora que acabo de volver y me doy cuenta lo bien que le va el dibujo. Si no fuera porque sé como ha sido hubiera jurado que ya la había visto antes de escribirlo.
Y a veces me preguntó ¿qué habrá hecho el tiempo contigo?
En la frontera de las cuatro decenas te encuentro. Más delgado, más lento, con la piel más sabia y los ojos en mate. Sonríes desde algún punto en tiempo pasado. Desde algún solar de la memoria.
Mientras hablas me miro por encima de tu hombro en el cristal de ese escaparate. ¿Tanto habré cambiado yo? Me has reconocido y eso ya es algo.
Sin nada que decirnos, como cuando encuentras alguien que hace siglos que no ves, nos despedimos. Besos y abrazos para los niños y para los tuyos. Ya nos veremos. Cuando el azar quiera, supongo. Porque ni yo te doy mi teléfono ni tú ofreces el tuyo. Porque ya no tenemos nada que decirnos.
Y dentro de unas semanas volveré a preguntarme ¿qué habrá hecho el tiempo contigo?
Aún tengo precinto en la suela de los zapatos. Estos mismos zapatos que después de tres días de estar de pie vendiendo juguetes se resisten a marcharse quedándose pegados al suelo.
No he tenido el valor de decir que es probablemente el último año que participo. Esta historia comenzó hace mucho y estoy cansada, ya lo estaba antes de que empezara este año. Estoy cerrando esta etapa.
María sale con su madre de la mano por la puerta de la rotonda. Me dice adiós mientras sujeta a Campanilla. Yo le devuelvo la sonrisa ya con la premonición de la resaca encima. Y aún hay que desmontar y recoger.
Miro alrededor. Los voluntarios todavía me piden que cuente el último chiste con la música a todo trapo. Estoy afónica.
Estoy oyendo a Paloma como cuenta a un compañero que ha conocido a un chico y que ha quedado con él. Son inagotables y maravillosos. En ese momento encuentra un euro y medio en el suelo y se lanza corriendo a llevarlo a caja para la recaudación. Lo que decía, maravillosos.
Me quedo con ellos y con los niños, que es casi lo mismo, aunque ellos se enfaden, cosas de la edad. Las mismas sonrisas y la misma ilusión.
Me quedo con las bromas, las sonrisas, las cosquillas, los nervios, las comidas con prisa, los cafés en vaso de plástico y la sensación de estar en mi sitio, al pie del cañón.
Quería escribir algo bonito pero no encuentro las suficientes palabras. O quizás todos los sentimientos no tengan porqué tener una palabra. O a lo mejor no hay palabras suficientes. O tal vez el resumen de cómo me siento ya lo escribió uno de mis poetas favoritos: