Hace unas semanas a mi hijo, el adolescente, le pusieron como deberes hacer una redacción bajo el título “Lo que me preocupa”. No podía hacerla sobre un tema genérico como el hambre del mundo o la contaminación, si no sobre un tema concreto de su vida.
Yo: “Se te echan los días encima y no has empezado”
Él: “Es que no tengo ni idea de qué hacerla”
Yo: “Algo habrá que te preocupe”
Él (pensando brevemente): “No”
Yo: “Piensa. Los exámenes de final de curso, lo que vas a estudiar”
Él: “Eso no me preocupa, ya se verá”
Yo: “Pues no sé ¿alguna chica?”
Él (mientras chatea en el ordenador) “Que no”
Yo: “Algún chico”
Él: “¡¡Mamá!!”
Yo: “Pues invéntate algo, pero tienes que resolver lo de la redacción”
Él: “Ya sé lo que me preocupa. La puñetera redacción, eso es lo que me preocupa”
Como quisiera tener quince años y tener que hacer una redacción.
Yo: “Se te echan los días encima y no has empezado”
Él: “Es que no tengo ni idea de qué hacerla”

Yo: “Algo habrá que te preocupe”
Él (pensando brevemente): “No”
Yo: “Piensa. Los exámenes de final de curso, lo que vas a estudiar”
Él: “Eso no me preocupa, ya se verá”
Yo: “Pues no sé ¿alguna chica?”
Él (mientras chatea en el ordenador) “Que no”
Yo: “Algún chico”
Él: “¡¡Mamá!!”
Yo: “Pues invéntate algo, pero tienes que resolver lo de la redacción”
Él: “Ya sé lo que me preocupa. La puñetera redacción, eso es lo que me preocupa”
“Después de mucho pensar sobre el tema que más me preocupa, he averiguado que lo que más me preocupa es encontrar un tema para esta redacción. [...]”
Como quisiera tener quince años y tener que hacer una redacción.